El término homeopatía deriva de las palabras griegas homo, que significa «igual» y phatos, que significa «enfermedad». La homeopatía se basa en el concepto de que una enfermedad que produce determinados síntomas puede curarse mediante una sustancia que provoque los mismos síntomas en una persona sana.
El fundador de este sistema fue Christian Samuel Hahnemann, un respetado médico alemán que ejerció su profesión a fines del siglo XVIII. Hahnemann advirtió que las personas con síntomas agresivos de una enfermedad parecían recuperarse mejor que las que tenían sólo una reacción leve. Comenzó con sus experimentos usando corteza de quina en personas aquejadas en lo que en la actualidad se conoce como malaria. La quina que causaba los mismos síntomas que la malaria, administrada en cantidades infinitesimales parecía estimular las reacciones del cuerpo que vencían a la enfermedad. Hahnemann, aun ignorando la existencia de gérmenes se ciñó a esta observación básica y, a partir de experimentos consigo mismo, con amigos y pacientes, elaboró lo que hoy día se denomina materia médica de los extractos de plantas, minerales y animales que provocan síntomas similares a las enfermedades. Descubrió que utilizando cantidades masivas de una sustancia se provocaba una intoxicación del organismo, mientras que con cantidades pequeñísimas se estimulaban las propias defensas del cuerpo y se potenciaban reacciones curativas.
Para su propia sorpresa y la incredulidad de los científicos de hoy día, descubrió que con la agitación vigorosa de la sustancia original en agua obtenía diluciones mucho mayores. Los modernos procedimientos científicos disponibles en la actualidad permiten medir la cantidad de sustancia contenida en una solución, y en la mayoría de los remedios homeopáticos por encima de la potencia veinte no quedan moléculas de la sustancia original. Dado que esto entra en contradicción con la ley de la acción de masas, la ciencia desdeña la homeopatía atribuyéndole sólo un efecto placebo. Se han publicado, no obstante más de 200 artículos sobre homeopatía en prestigiosas publicaciones médicas, todos ellos con resultados favorables. De ellos 22 cumplen los más estrictos criterios científicos, pero aun así la medicina ortodoxa no concede validez a sus efectos.
El profesor Benveniste, de París, ha señalado que el agua podría tener la capacidad para imprimir en su estructura electrónica la energía electrónica de otra sustancia. El profesor Benveniste, que es un científico y no un homeópata, ha sido condenado al ostracismo por la comunidad científica debido a este descubrimiento, aunque él se esfuerza en dejar claro que no tiene una inclinación especial por la homeopatía, sino que solo da cuenta de sus experimentos científicos. Aunque en la actualidad se le considera un inconformista, seguramente su trabajo es el estudio en curso más importante.
Los productos homeopáticos preparados por medio de una vigorosa agitación, denominada «sucusión», se diluyen de 10 a 100 veces antes de ser sometidos a una nueva sucusión. Con cada sucusión, la potencia aumenta. La mayoría de preparados se presentan en potencia de 6, 7 10, 12, 30, 200, 1000, (que suele indicarse 1M), 50.000, (LM) o 100.000, (CM). Suelen añadirse las letras X o D después del número de la potencia, que indican una dilución de 1 sobre 10, mientras que la letra C indica una disolución de 1 sobre 100. No hay que confundir estas letras con LM y CM, que representan el número de veces que se diluye un preparado. En general hay poca diferencia entre una dilución X o C. Cuanto menor sea la potencia, más físico será el efecto. Las potencias más elevadas suelen reservarse para los aspectos psicológicos.
Los homeópatas seleccionan un preparado basándose en el cuadro de síntomas de la persona considerada en su totalidad. Existen, por ejemplo, más de 400 remedios para la fiebre, de los cuales 200 incluyen sudación, 50 sofocos, 25 temblores o espasmos, 10 sed, 7 diarrea, etc. Cuanto mayor es el número de síntomas presentes, mayores son las posibilidades de escoger el remedio más específico.
Los homeópatas también tienen en cuenta la constitución de la persona, que debe describir su temperamento y personalidad cuando está sano, porque debe tener una idea del estado al que debe retornar al paciente por medio de la medicación. Si una persona es propensa a sudar, los preparados
que son secos pueden apartarla de su tendencia y hacer más lento el proceso de curación.
La homeopatía es una forma de terapia compleja. Las farmacias modernas intentan simplificarla diciendo, por ejemplo, que Arnica es buena para las contusiones, Belladonna para la fiebre, Pulsatilla para el dolor de oído, etc. La homeopatía no puede prescribirse de esta forma porque debe tener en cuenta la totalidad de la persona y no sólo el síntoma. Cuando se proporciona de este modo a menudo no proporciona los resultados esperados, lo que determina un nivel de fallos mucho más elevado del que le corresponde.
La homeopatía puede utilizarse sin peligro en cualquier dolencia en que el individuo mantenga intacta o en buen estado su fuerza vital, ya que los remedios originan reacciones de curación interna. La homeopatía no debe utilizarse cuando el cuerpo está muy débil, porque es posible que no disponga de energía suficiente; en el mejor de los casos la homeopatía será inútil y, en el peor, empeorara la salud del paciente al consumir con mayor rapidez sus escasas energías.
Fuente: Enciclopedia de la salud familiar. Dr. R. Sharma.
Mónica Moreno
Administradora Universonature.
Entusiasta de la Medicina Natural, Terapias Alternativas y Nutrición. Llevo 15 años dedicandome a ello, me encanta mi trabajo y aplicando lo aprendido y lo que se aprende cada día he creado esta web, donde te invito a que participes con tus comentarios, dudas y preguntas.
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